Vas paseando por unas calles que no son habituales y en ocasiones por otros pueblos y ciudades que no dejan de asombrarte. Admirando la variedad arquitectónica comprendes la riqueza que tenemos en nuestra geografía. Un paseo de verano, mirando mas arriba de la línea de visión de un ciudadano normal, por algo eres radioaficionado. Como si de un inspector municipal de urbanismo se tratara, los ojos se nos van automáticamente a una azotea en concreto. Acabas de detectar unas formas que no son las habituales y enfocas. El cerebro discrimina la información visual irrelevante, traza patrones y crea formas en 3D. ¡Enhorabuena! Acabamos de encontrar una antena. Lo que para muchos no existe o se confunde incluso con un enorme tendedero abandonado, es un dipolo. Espera, uno no, dos...
Este super poder que tenemos y que pocos entienden, es un don sin duda. No sabemos aun para que sirve. Seguramente alguno lo tacharía de poco deseable y la razón es que nos provoca necesidades. Una buena instalación, en una terraza accesible, limpia de elementos distorsionadores, es un caramelo muy apetecible y en ocasiones tan distante para nuestra realidad que nos hace suspirar y desesperar. No perder la esperanza de poder llegar a tener algo así es la clave para sobrevivir a este veneno que tenemos en nuestro interior.


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